Confinamiento con el enemigo

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Por Iñaki Estívaliz/Fotos Luis Edgardo Cotto

Imagínate que tu marido te maltrata. Nunca le habías dado demasiada importancia porque él nunca te había pegado y se ocupaba de pagar todas las facturas. Tus hijos están bien, o eso crees. Además eres una inmigrante latina, de origen humilde y de padre maltratador, así que si él reivindica unos supuestos derechos para que lo atiendas y satisfagas como él quiera, critica todo lo que haces o te controla el dinero al centavo, lo ves normal, soportable como lo soportó tu mamá. Pero ahora con el COVID-19 tu marido no se pasa medio día en el trabajo y el otro medio en el bar de la esquina. Tienes varios hijos, hiperactivos o no, autistas o no, simplemente niños. Unos niños que ahora se pasan todo el día en casa con un papá que ni va a trabajar ni al bar. Bienvenida al infierno. Pero este es un infierno del que puedes salir.

Antes del azote del COVID-19, el Programa de Violencia Doméstica del Boston Medical Center (BMC) recibía una media de dos llamadas al día de mujeres (más del 90 %) u hombres (menos del 10%) víctimas de violencia doméstica solicitando ayuda. Desde que comenzó la crisis del coronavirus, las llamadas diarias son nueve o diez.

María es una de las cuatro consejeras de ese programa del BMC que dirige Joanne Timmons. La jefa se encarga de solicitar financiación al Gobierno y otras entidades a través de “Grants”, coordina y organiza. María no quiere aparecer en este artículo con su nombre verdadero para protegerse. Ella y otras tres consejeras atienden directamente a las víctimas de violencia doméstica y teme por su seguridad. Hace unos años, una de sus protegidas fue asesinada por su pareja maltratante a la salida del albergue donde se refugiaba. Ahora es más difícil que pase algo así. Los protocolos de seguridad son mucho más estrictos y ni siquiera las trabajadoras del programa saben la ubicación exacta de los albergues. Pero tienen que cuidarse.

María explica en su oficina del BMC que la violencia doméstica no solo es física, también es verbal, de muchas maneras, y financiera. Lamenta que muchas mujeres inmigrantes latinas “sienten que se tienen que quedar en esa relación” de abuso porque no saben que tienen alternativas, que tienen ayudas que las pueden sacar del infierno del maltrato. 

“Mi trabajo es educarlas”, subraya. María insiste en que no se trata de “tomar decisiones por ellas”, que ella “explora qué es lo que está sucediendo en su hogar y sobre eso, con mucha conversación, con mucha conserjería, al final ellas puedan tomar una decisión” de si se queda en su casa o se va, de si denuncia al marido o no.

“No discriminamos si ellas se quieren quedar en la relación. Las ayudamos a comprender que están en peligro. La información es muy importante. Este país es diferente a nuestros países (latinoamericanos). En este país hay mucha ayuda para las víctimas de violencia doméstica y muchas no lo saben”, insiste la consejera.

En el programa de violencia doméstica del BMC ofrecen consejería de crisis y apoyo emocional; ayudan a establecer prioridades y planificar los próximos movimientos; proveen recursos como alimentación, alojamiento y atención médica; acompañan y asesoran en los juzgados y otras citas de referidos para beneficios; consiguen recursos especializados como servicios de salud mental y legales; y patrocinan el empoderamiento para estudiar; entre otros.

“Cuando me llega una llamada de una muchacha maltratada respondemos inmediatamente. Acudimos a la cita o al hospital donde esté y hablamos sin ponerle presión. Sin decir que tenga que denunciar al abusador”, indica María, que insiste en que son un apoyo emocional y que solo informan para que las víctimas “tomen sus propias decisiones informadas”. 

El programa del BMC ha conseguido -gracias a la jefa, Timmons, “el motor principal”, según María-, unos fondos recientemente que les permite durante la crisis del COVID-19 poder alojar a las víctimas en hoteles hasta que consiguen plaza en un albergue como transición a una posible vivienda subvencionada.

“Muchas mujeres se quedan en sus casas con el abusador porque no tienen a donde ir. No tienen cómo pagar su transporte, no tienen quién cuide a sus hijos… Todas esas cosas, cuando ellas ven que hay ayudas, ellas pueden tomar una decisión”, expresa María.

La situación de maltrato es peor para las inmigrantes latinas, ya que, según María, “están “acostumbradas al maltrato”, a que el hombre, por trabajar, por ser el proveedor, domina, “y la mujer tiene que ser sumisa y aceptar lo que él diga”. 

Por eso a María le gusta atender a las víctimas en su propio idioma, para educarlas de que el maltrato es un delito y que tienen opciones. Además, las alertan de los peligros que supone seguir viviendo con el maltratante. Por un lado, de las repercusiones que el maltrato va a tener en sus hijos en el futuro, que probablemente quedarán traumatizados y en muchos casos repetirán el patrón de abuso. Por otro lado, el Gobierno les puede quitar a sus hijos si trasciende que en el hogar hay maltrato. 

María explica que ese es el mayor temor de las víctimas: que les quiten a sus hijos. A menudo, llegan al hospital o centros de ayuda tras una agresión pero no quieren denunciar al abusador. Cuando se enteran de que el Gobierno se los puede quitar, “ellas pueden tomar una decisión” informadas.

Entonces deciden que se van de la casa. Pero todavía tienen mil inseguridades. No saben dónde ir, no tienen experiencia laboral, a lo mejor ni hablan inglés, puede que no tengan ni los papeles en regla. 

Ahí María lo da todo en su trabajo, que comienza por establecer una relación de confianza con la víctima. “Les hablo en nuestra lengua. Les digo que estamos acá para protegerlas, les explico la ley a su nivel, les digo lo que podemos hacer. Cuando se sienten confiadas, dejan el abuso. Ellas deciden si denuncian. Si denuncian, las acompañamos durante el proceso”, cuenta María.

En el Programa de Violencia Doméstica del BMC no solo trabajan con mujeres latinas humildes. En una proporción pequeña, también ayudan a hombre maltratados, quienes aunque necesiten ayuda, normalmente “lo tienen más fácil para irse de casa”. También han atendido a abogadas y doctoras víctimas de abuso doméstico.

“Una mujer que es abogada sabe todas las leyes. Ella sabe perfectamente que puede denunciar a su abusador, pero tiene miedo. La manera de afrontar ese miedo es con mucha consejería, hablándole de que tiene opciones. Ella lo va a entender, pero no sabemos si lo va a aceptar. El abusador muchas veces lo hace muy sutilmente, sin que otras personas se den cuenta. A veces puede ser encantador con la familia, con lo amigos. Entonces la mujer dice que es que todo el mundo lo quiere, todo el mundo piensa que él es bueno”, lamenta María, quien se esfuerza para que en esos casos la mujer supere el “qué dirán”, pero es la víctima “la que tiene que tomar decisiones. Yo no le puedo decir hazlo”.

Según María, el maltrato se ha incrementado enormemente con la cuarentena.

“Los niños hacen mucha bulla, son niños. El abusador no quiere escucharlos, no está acostumbrado a estar con los niños en la casa. Posiblemente trabajaba, llegaba cansado, los niños ya estaban tranquilos, pero al estar todo el día en la casa comienza el maltrato verbal y la madre tratando de defender a los hijos y el abusador diciendo cállate tú, cállense los niños, entonces incrementa la violencia”.

Pero lo que más le duele a María es la situación de las víctimas sin documentos a los que desde enero es más difícil ayudar por una normativa que impide ofrecer muchos de los servicios a los indocumentados.

María estudió administración de empresas en un país de Sudamérica que no quiere identificar para proteger su identidad. Llegó a EEUU hace más de 30 años para estudiar inglés pero se enamoró, se casó, y se quedó. Su inquietud y vocación por ayudar a los demás la llevó a trabajar como maestra en albergues para niños, luego para adolescentes y finalmente para mujeres adultas. Muchos años de esas tres décadas los trabajó en Casa Myrna, una de las mayores instituciones que atienden a las mujeres maltratadas en Nueva Inglaterra. 

María insiste en que lo más importante es hacer saber a las personas maltratadas que existen ayudas para salir del pozo en el que se encuentran. Al programa del BMC se puede acceder llamando al 617 414 5457 o visitando su página de internet: https://www.bmc.org/programs/domestic-violence-program 

Otro teléfono seguro al que recurrir en Massachusetts (SafeLink) es el 877 785 2020 y a nivel nacional el 800 799 7233.

“Si están pasando por una situación difícil en su hogar que nos llamen, si no tenemos la capacidad, nosotros vamos a llamar a otros programas donde sí puedan ayudarla”, anima María, quien enfatiza que otros hospitales e instituciones tienen programas como el de BMC y que todos están conectados para prestar servicio inmediato en conjunto.

Porque “la ayuda tiene que ser inmediata, no puede esperar, llamamos donde tengan los recursos”.

Si eres una persona maltratada, María te recomienda: “sal a la calle, no te quedes en la casa, no te metas en el baño porque no hay salida, no vayas a la cocina porque hay cuchillos, sal de la casa, ve a una estación de Policía o ve a un hospital, a cualquiera, estás en peligro, no te quedes”.

“Olvídate de la ropa, no la necesitas. Olvídate de la leche, los pañales, nosotros proveemos todo eso. Solo guarda en una cajita los certificados de nacimiento, tu pasaporte, identificaciones y cuando puedas huir, sal con la cajita y tus hijos. Hay ayudas y todo es confidencial”. ie

Iñaki Estívaliz es un periodista andaluz de origen vasco, puertorriqueño por adopción  y residente en Boston. Su trabajo periodístico se caracteriza por ser intensamente humano y por su voluntad de darle voz y visibilidad a las luchas sociales, a las personas marginadas y los trabajadores y trabajadoras.